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El hombre arbol

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Caminaba erguido, pero cargaba un bosque a cuestas.  Ramas ásperas brotaban de su espalda, enredándose en sus movimientos.  La naturaleza, antes compañera, se había convertido en una carga opresiva.  Buscó auxilio en un extraño, un gesto casi infantil de quien se aferra a una única esperanza. El alivio fue fugaz. Las ramas, símbolo de la naturaleza indomable, volvieron a brotar, más tenaces que antes.  El extraño, nuevamente, con paciencia y destreza, las arrancó una a una, pero la semilla de la vegetación seguía latente en su carne.  Liberado, el hombre sintió una sensación de libertad, pero la sombra de la duda lo perseguía: ¿Volverían a crecer?

Violencia corporativa

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El sonido de la multitud lo perseguía como una jauría.  La ciudad, antes un laberinto pacífico, se había transformado en un escenario de caos.  Las calles, otrora silenciosas, resonaban al clamor de una masa enfurecida.  Huyendo de la ola humana, se vio obligado a tomar una decisión arbitraria: izquierda o derecha. A salvo de la turba, se encontró con otro tipo de amenaza: la soledad.  El trapito, con su mirada insistente, lo confrontaba con otra realidad.  En ese encuentro fortuito, el protagonista percibió la ironía de la situación: mientras la multitud rugía corporativamente sus demandas, el individuo solitario, imploraba y mendigaba sólo unas monedas, sin causarle temor alguno.

La muñeca de porcelana

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Esperaba ansiosamente que su ex esposa volviera a la habitación, con su hija de pocos meses. Envuelta en una vieja bata, ella caminaba hacia él, mecía una muñeca de porcelana con una ternura casi mórbida. La luz crepuscular proyectaba sombras grotescas sobre sus rostros. La niña, su pequeña Soledad, había sido reemplazada por una muñeca de porcelana. La mujer, se acercaba con una sonrisa de lado a lado. Su locura, antes latente, se había manifestado en toda su crudeza, arrastrando a todos hacia el abismo. Él paralizado, pero luego su voz se ahogó en un nudo en la garganta.  Atrapado en un mundo donde la realidad se había desintegrado y la locura había tomado el control.  La muñeca, símbolo de la infancia perdida y de la maternidad alterada, era el centro de este universo distorsionado.

Danza macabra

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Despertó sobresaltado, la imagen de la niña y los seres alados aún grabada en su retina. El sueño, vívido y perturbador, lo había sumido en un estado de angustia.  La niña, pequeña y frágil, yacía inerte en el centro de una danza macabra, su cuerpo destrozado por las afiladas picaduras de aquellas criaturas. Los seres alados, con sus cuerpos extraños y sus ojos brillantes, eran la encarnación de una fuerza oscura y desconocida, que reside en la profundidad del inconsciente humano. La frenética danza alrededor del cuerpo inerte de la niña era una ofrenda macabra, un ritual incomprensible que lo llenaba de horror. La niña, símbolo de la inocencia perdida, ha sido sacrificada en un altar de oscuridad. ¿El sólo tuvo un sueño?

El laberinto de la feria

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Descendieron del colectivo, una fila interminable de figuras anónimas que se internaban en la selva.  El americano, con su sombrero texano desentonando con el entorno, encabezaba la procesión.  La noche envolvía la selva con un manto oscuro, solo interrumpido por los destellos de una feria lejana. Los puestos de venta, con sus luces multicolores, prometían una diversión imposible. Entre la multitud, muchos vestidos de blanco y rojo, se oía una voz metálica que con un megáfono anunciaba el puesto 22-62.  Allí encontrarían la respuesta y el inicio de un nuevo viaje. Sin embargo, él no hallaba el puesto. Callejones sin salida y rostros extraños se interponían en su camino.  La feria, con su atmósfera de carnaval andino, se transformaba en un laberinto sin salida.  La búsqueda del número 22-62 se volvía una obsesión, una metáfora de la búsqueda del sentido de la vida, en un mundo absurdo.

La infracción

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Atravesaba la ciudad en un viejo automóvil, conduciendo de contramano por una avenida abarrotada.  La infracción, una vez cometida, lo perseguía como una sombra.  La infracción de tránsito fue el primer eslabón de una cadena de eventos absurdos.  Cada acción, desencadenaba una nueva y extraña situación.  Al llegar al club, su torpeza destruía una valiosa escultura, pero seguía adelante, como si nada hubiera ocurrido La destrucción de la escultura, no sólo era un acto de vandalismo, sino de imprudencia con consecuencias imprevistas. En el vestuario, la noticia de la denuncia lo esperaba como un presagio.  La huida, esta vez en un taxi destartalado, lo llevaba a una ciudad desconocida.  Sentado en el asiento exterior trasero de una cupé antigua, junto a un extraño, recordaba su niñez. La huida en el taxi lo alejaba de la realidad.  La ciudad de estilo colonial, con sus calles desiertas y sus casas antiguas, eran el perfecto escenario. Al llegar a la casa del chofer, un impulso inexplicab

En búsqueda de un destino

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La banda Cabalgaba sobre un corcel oscuro, una entidad única forjada por la fusión de dos voluntades.  La misión, imperiosa, contra la delincuencia, lo impulsaba a través de calles estrechas, hacia un norte incierto. La adrenalina inundaba sus venas, alimentando la ilusión de ser invencible.  Los jinetes, sombras siniestras que se aproximaban, eran solo un obstáculo más en su camino.  El choque fue brutal, una colisión entre dos fuerzas opuestas. Sin embargo, el impacto lo dejó indemne, fortalecido por una fuerza sobrehumana. La victoria, sin embargo, no le trajo paz.  La sensación de vacío que la seguía era más profunda que cualquier miedo que hubiera sentido antes.  La misión cumplida lo dejaba frente a una nueva interrogante:  ¿Cuál era su verdadero destino?